Homilía del Arzobispo de Xalapa
Estamos casi en vísperas de la gran solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, que coinciden ambos en la profundidad de su fe y en su amor fervoroso a Cristo. Pedro dice: «Señor, tú bien sabes que te amo». Pablo, por su parte: «Para mí, el vivir es Cristo». Ambos derramaron su sangre en Roma: Pedro, en el año 64; Pablo, en el año 67. El evangelio de este domingo está tomado de san Lucas: (9, 51-62): «Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguir alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén. Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?”. Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a dondequiera que vayas’. Jesús le respondió: ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”. A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”. Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”». El evangelio de Lucas se centra en Jerusalén, la ciudad de la que parte la salvación para todo el mundo pero que también mata a los profetas y no reconoce el tiempo de gracia del Señor. El viaje de Jesús a Jerusalén corresponde al plan de Dios, a la voluntad del Padre celestial, y por eso Jesús toma la firme determinación de subir a Jerusalén porque ya se acercaba su hora, es decir el momento de la Pasión y de la Resurrección. La reprensión de Jesús a Santiago y Juan nos enseña que el Reino de Dios no se implanta con fuego y espada. Los discípulos tienen que soportar, como el Maestro, sufrimientos y desprecio. Sin especular sobre las causas de la negativa de los samaritanos, Jesús respeta sus decisiones. El hecho de llamar a la puerta de los samaritanos cuenta con la posibilidad de la aceptación o el rechazo: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). Los relatos de los llamados, o vocaciones, y las respuestas de tres de los convocados nos invitan a tomar la decisión de seguir solamente a Jesús, ya que Él tiene predominio sobre cualquier otra exigencia. Así aparecen personas y cosas aparentemente inaplazables, pero que a los ojos de Jesús no son decisivas. Estas lapidarias sentencias de Jesús no intentan romper de forma brutal las relaciones familiares, sino sólo relativizarlas: el Reino y sus valores es lo auténtico y decisivo para quien quiera ser verdadero discípulo de Jesús.
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