lunes, 9 de junio de 2008

HOMILÍA DEL DÍA 08 DE JUNIO DE 2008

Domingo X del Tiempo Ordinario (Ciclo A – 2008)
Os 6, 3-6//Mt 9, 9-13

Para la reflexión de este domingo voy a tomar como punto de partida la exhortación del profeta Oseas que nos dice Esforcémonos por conocer al Señor, y me ha llamado la atención esta invitación porque podríamos correr el mismo peligro de los fariseos, los cuales aún siendo personas sumamente religiosas y conocedoras de la Palabra de Dios creían que Dios despreciaba a todos aquellos que no cumplían con la ley como los publicanos y los pecadores, y por eso se extrañan de que Jesús se siente a comer con ellos y más aún los llame a su seguimiento como es el caso del recaudador de impuestos Mateo; esa misma idea podríamos tener nosotros también cuando pensamos que “Dios quiere a los buenos y desprecia a los malos”. En lo personal no creo que el problema este en que resulte confusa la Palabra de Dios escrita, hoy así lo podemos constatar cuando escuchamos: lo “que yo quiero” -dice el Señor- es «amor» «gratitud» «quiero misericordia» «quiero el cumplimiento de lo que me has prometido». Lo cual no requiere mucha explicación. ¿Entonces de donde procede esta confusión?

Tratando de dar una respuesta a esta pregunta me he encontrado con las enseñanzas de san Juan de la Cruz el cual nos dice que el peligro está en proyectar sobre Dios las imágenes que nos formamos de él como resultado de nuestras experiencias y necesidades humanas. Esto puede provocar que confundamos lo que es gratuidad del amor de Dios para con nosotros con lo que pudiéramos considerar nuestra respuesta a Él. Confundir estos niveles tiene efectos totalmente contrarios en una persona de los que se esperarían de alguien que esta cerca de Dios. Como lo podemos ver en la dureza de los fariseos para con los pecadores que les impide comprender la misericordia de Dios revelada en la persona de Jesús. ¿Cuáles son estos peligros de los que debemos estar atentos?

En el inicio de la vida espiritual –dice san Juan de la Cruz- Dios permite a la persona disfrutar de su cercanía, porque es él mismo quien quiere hacerse el encontradizo con la persona que lo busca, los largos ratos de oración no le suponen ningún esfuerzo, sin embargo la falta de conocimiento de la gratuidad de Dios lleva a la persona a creer que son sus propios méritos la causa de que Dios le ofrezca su amistad y haya encontrado el favor de Dios, sintiéndose por lo tanto mejores que los demás y tal vez despreciándolos por no considerarlos como elegidos de Dios.

Siguiendo por este camino incorrecto aquella persona examina superficialmente su conciencia, si habla de que es pecadora pero en general no les gusta que se les señale concretamente sus faltas, tiene deseo de que Dios le quite sus pecados e imperfecciones pero sólo por no querer vivir en la lucha cotidiana del cristiano que ha tomado la cruz del Señor.

Un síntoma más de esta búsqueda de sí mismo y no de Dios es la dureza de los juicios que estas personas dan de los demás creyendo que con eso defienden los intereses de Dios, sin saber que en el fondo son personas que se están alabando así mismas por no ser como los demás, en esto podemos recordar la oración de autosuficiencia del fariseo: “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias” (Lc 18, 9-14).

Esforcémonos por conocer a Dios que en su misericordia nos ha invitado a todos a seguirlo, por eso estamos aquí, la razón de esta invitación es el amor gratuito de Dios que se nos ha dado a conocer en su Hijo Jesucristo, es buena y necesaria nuestra respuesta sin embargo evitemos todo peligro de querer fundamentar en nosotros el porque Dios nos ha elegido y demos gracias continuamente de que su misericordia nos sobre pasa. Esforcémonos por conocer al Señor que resplandece en las palabras y actitudes de Jesús, pues quien ha visto a Jesús ha visto al Padre.

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