Tercer Domingo de Pascua (ciclo A – 2008)
Lc 24, 13-35
¿Quiénes son esos dos discípulos que se dirigen a Emaús? El mismo evangelio afirma que se trata de dos personas que pertenecen al círculo cercano de Jesús, ellos mismos dirán que “algunas mujeres de su grupo fueron de madrugada al sepulcro” las cuales pueden ser muy bien identificadas como María Magdalena, Juana y María la de Santiago (Lc 24, 10); Así como algunos de sus compañeros que fueron al sepulcro a constatar lo que las mujeres les habían contado, también a ellos muy bien podemos identificarlos, son Pedro y Juan (Jn 20, 2). Sin embargo aunque los desconcertaron con la noticia de que Jesús no estaba en el sepulcro no les creyeron y por eso abandonan todo: la ciudad, el grupo de los Apóstoles, los recuerdos de las acciones de Jesús. Nada tiene ya sentido para ellos.
Y mientras van de camino tienen tiempo para comentar lo sucedido, pero no los imaginemos simplemente como dos personas que van caminando y conversando, la palabra griega «porfiaban» significa «discutir acaloradamente». No se trata de dos hombres que van caminando un poco desilusionados, sino que se trata de dos personas heridas, heridas en sus esperanzas porque habían puesto toda su confianza en Jesús: “Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel” y sin embargo parece que todo ha terminado en un gran fracaso pues “han pasado ya tres días” desde que fue crucificado. La escena es realmente fuerte, cuando Jesús se les acerca ve en su rostro reflejada la tristeza y el coraje.
Y ¿qué hace Jesús? “se les acercó y comenzó a caminar con ellos” No siempre resulta fácil acercarse a quienes están enojados, a la primera pregunta que les hace del porqué se encuentran en ese estado de ánimo, Jesús recibe una respuesta cargada de emotividad ¿cómo es posible que seas el único que no sabe lo que ha pasado? Y sin asustarse por el tono de la respuesta que ha recibido les lanza otra ¿Qué cosa ha pasado? Jesús deja que hablen y descarguen sus sentimientos. Por eso nunca tengamos miedo de hacer una oración en la que descarguemos nuestras emociones ante Dios, Él nos deja que hablemos. Nos escucha atentamente.
Aquí hay algo que quiero que noten, la respuesta de los discípulos es lo que se conoce en parte como el Kerigma de la Iglesia es decir el gran anuncio de Cristo: “profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron”. Ahora sabemos porque van heridos y decepcionados, ¡estos discípulos no saben nada de la resurrección! Bloqueados por el dolor y el fracaso aparente del maestro, ellos le dan vueltas y vueltas amargamente al lado negativo de esos sucesos y sus ojos estaban cerrados a otros elementos que vienen a completar cuanto ellos han vivido hasta ahora.
Como nos sucede con frecuencia cuando las cosas no marchan como nosotros esperábamos, nos encerramos en el dolor a darle vueltas una y otra vez, tal vez incluso a buscar culpables o a culparnos a nosotros mismos de lo que ha pasado. Sin ver algunos otros aspectos del mismo problema que están ahí indicándonos que seguramente las cosas no son exactamente como las estamos viendo: es cierto que algunas mujeres han ido al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles que les dijeron que estaba vivo…pero que el dolor no les permite aceptar.
Y es ahora cuando se nos explica porque Jesús ha querido acercarse a estos discípulos y platicar con ellos. Para llevarles una palabra que los saque del círculo de muerte en el que se han encerrado, y lo hace con una palabra dura: ¡Qué insensatos y duros de corazón para creer! Muchas veces necesitados de medir las cosas según nuestros criterios, impedimos que Dios pueda hacer las cosas a su manera, guiar nuestra vida según sus criterios ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?
El evangelio no nos dice que aquellos discípulos creyeron de golpe y reconocieron al Señor al momento, nos dice que primero perdieron su agresividad y le hicieron una petición: Quédate con nosotros porque ya es tarde y pronto va a oscurecer, luego lo invitaron a su mesa y le pidieron que partiera el pan. Es ahora cuando sus ojos lo pueden contemplar pero al mismo tiempo el Señor se les desapareció.
La experiencia de esta pascua en la resurrección de Cristo se nos presenta como un arder de nuestro corazón en aquellos situaciones que nos desconciertan y nos llenan de confusión y enojo, en las que no vemos por donde Dios quiere llevarnos, pero al mismo tiempo es un arder de nuestro corazón por la certeza del Señor en nuestra vida a través del evangelio que escuchamos y de nuestra pertenencia a la Iglesia. Aquellos discípulos se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén a la comunidad precisamente que habían abandonado.
Habrá que suplicar al Señor: “Cuando veas que doy la espalda al sufrimiento y me alejo de ti y de la comunidad de los hermanos, enojado y renegando de todo lo que me ha pasado en la vida, ¡apresura tu paso! ¡no me dejes sólo en el camino! Porque lejos de ti las tinieblas se van haciendo mas densas. Estamos cansados y desanimados, pero tu pascua es la luz que alumbra nuestra oscuridad y la Eucaristía el alimento que nos sostiene en nuestro camino y que nos hace arder en la certeza de que nuestra historia de salvación aun no ha terminado, por eso tu resurrección nos anuncia una nueva oportunidad que brota de tu amor entregado por nosotros y por la que hoy queremos decirte ¡quédate con nosotros!”
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