viernes, 28 de diciembre de 2007

Homilía del 30 de diciembre 2007

Domingo de la Sagrada Familia
(Ciclo A - 2007)

La familia cristiana hunde profundamente sus raíces en el amor de los esposos, que el sacramento del matrimonio ratifica como expresión de la voluntad de Dios. Esta voluntad de Dios sobre la pareja humana se encuentra en el libro del Génesis: No es bueno que el hombre este solo, voy hacerle una ayuda adecuada (2,18). El ser humano solo puede llevar a plenitud su existencia en la relación y comunión con otros seres semejantes a él. Cuando Dios le presentó a Adán a la mujer formada de una de sus costillas, su presencia fue capaz de sacar al hombre de su silencio: Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre y se une a su mujer y se hacen una sola carne (Gn 2,24).

Esta unión del varón y la mujer se realiza de manera especial en la alianza matrimonial establecida de forma indisoluble. Porque en la alianza esponsal, el amor hace que cada uno de los esposos haga la entrega sincera de sí mismo. En el consentimiento matrimonial los novios se llaman por el propio nombre: Yo...te acepto a ti...como mi esposa. Sin embargo esta relación en el sacramento del matrimonio no queda al libre capricho de cada uno, sino determinada por el amor con que Cristo nos ha amado al entregarse por nosotros hasta morir en la cruz. Así, si bien es cierto que el matrimonio inicia con el libre consentimiento se abre en el sacramento a la invitación para realizar la voluntad de Dios en sus vidas, esto es, un matrimonio estable, único e indisoluble.

Esta referencia al proyecto de Dios sobre la pareja humana, tendría que ser continuamente uno de los puntos de partida para vivir el compromiso que establecieron: Y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida. Cada uno de los esposos tendría que decir: “yo no vine a buscar en el matrimonio mi propio capricho o interés personal”. Porque si alguien tiene esas intenciones, el día que no encuentre satisfechos sus gustos o intereses pensará en romper la alianza, buscando la separación.

Pero el amor al que los esposos están invitados, repito, es un amor semejante al de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir y entregar la vida, un amor en el que más que buscarse así mismo, ha buscado el bien de su esposa la Iglesia por la que ha dado su propio cuerpo en el sacrificio de la cruz (cf. Ef 5).

Un amor de los esposos así, es capaza de fundar solidamente una familia, esto es, una comunidad de personas unidas por la recíproca búsqueda del bien de sus integrantes ¿Cuáles son los deberes que se dan tanto de los padres como de los hijos en la familia cristiana?

Por parte de los padres: la fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, los padres tienen el deber de proteger la vida y llevarla a su plenitud por medio de una educación adecuada que ofrezca a los hijos tanto los valores humanos como cristianos que les permitan alcanzar la madurez de su propia identidad como personas y conocer la vocación a la cual Dios los llama. El hogar debe ser un medio natural para la iniciación del ser humano en la solidaridad y responsabilidad comunitarias, de forma que los hijos se integren a la sociedad enriqueciéndola con su presencia.

Por parte de los hijos: El honrar a los padres, la obediencia, la gratitud, el respeto, el amor que se les debe, brota de la misma paternidad divina de la cual los papas son colaboradores al dar la vida a los hijos y trasmitir la imagen divina en la que el ser humano fue creado. Los hijos somos responsables de consolidar el matrimonio de nuestros padres haciendo que ellos se sientan satisfechos del hogar que han formado. No podemos pasar por alto la bendición que la Sagrada Escritura proclama para los hijos: “El bien hecho a los padres no quedará en el olvido, su oración será siempre escuchada, sus pecados perdonados y su bienes multiplicados”.

Por eso con el salmo podría concluir diciendo: El Señor nunca olvida sus promesas. Ni las hechas a los padres en el día de su alianza matrimonial ni a los hijos que honran a sus padres.
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