Domingo 32 Ordinario (Ciclo C – 2007)
Lc 20, 27-38
Probablemente una de las realidades de este mundo que más nos desconciertan y quitan la paz sea el dolor, el sufrimiento. Nadie se escapa de él, ya sea físico o moral, en carne propia o en las personas que nos rodean ¿Cuál es la actitud que el cristiano debe asumir ante esta realidad? En la historia de la espiritualidad cristiana el sufrimiento siempre fue considerado como un desafío, como un camino para interpretar y profundizar la relación con Dios y con uno mismo. Ciertamente Jesús no reflexionó teóricamente sobre el problema del sufrimiento ni desarrolló ninguna doctrina con la cual consolarnos. Sólo en su vida misma podremos encontrar una respuesta a nuestra pregunta sobre el sentido que debemos darle en nuestra vida y que no siempre es igual para todos.
Aquellos hermanos que fueron arrestados juntamente con su mamá se vieron enfrentados a desobedecer la ley de Dios y salvar sus vidas o permanecer fieles a Dios y sufrir físicamente a manos del rey. Ellos en lugar de huir, decidieron atravesar el sufrimiento con una firme esperanza: Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará porque como bien confirma la palabra de Jesús: Dios no es Dios de muertos sino de vivos.
Partiendo de la misma experiencia de Cristo quien ha querido compartir en todo nuestra condición humana, el dolor nos hace tomar conciencia, –incluso podríamos decir- gustar profundamente de nuestra condición humana y creatural, de esta manera el sufrimiento destruye las imágenes con las que con frecuencia nos hemos cubierto, así por ejemplo, la imagen del autosuficiente que no necesita de nadie cuando es tocado por el dolor de una enfermedad le hace descubrirse necesitado de los demás; no debemos de buscar el sufrimiento pero lo cierto es que siempre se cruzara en nuestro camino y no es la huida de él lo que nos devolverá la paz sino el aprender a atravesarlo; y ¿porqué es necesario atravesar el sufrimiento? La palabra de Dios nos dice que es en vista de un fin preciso que es ¡la resurrección!: En la vida futura –dice Jesús- después de la resurrección seremos como los ángeles de Dios pues él nos habrá dado una vida inmortal.
Y al hablar de la resurrección no me refiero sólo a la vida después de la muerte, sino al hecho de que cuando se diluyen las imágenes que nosotros mismos nos hemos creado, comenzará a aparecer la imagen primitiva de Dios con la que fuimos creados, entraremos en contacto con la verdad de nosotros mismos.
Así que el cristiano se enfrenta al dolor, no como un héroe que quiere demostrar su capacidad de aguante, sino como el Cristo que asumiendo en todo nuestra condición humana ha querido enseñarnos que el ser humano no vive sólo de lo que él se construye y haga en la vida sino de la vida que Dios le ofrece, tomo este ejemplo tal como lo presenta Anselm Grün: “¿Por qué debo enfermarme, si vivía de manera saludable? No fumaba ni bebía alcohol. Diariamente practicaba deportes y me alimentaba bien. ¿Cómo puede pasarme esto? Detrás de esta frase se esconde el espejismo de que uno mismo pudiera garantizarse su propia salud o una vida libre de sufrimientos.
Los jóvenes de quienes nos habla la primera lectura no se preguntaron del porqué sufrían sino el para qué y la respuesta es muy clara Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará. El dolor nos hace tocar nuestra condición humana pero al mismo tiempo nos puede hacer entrar en contacto con nuestro ser más profundo aquel que quiere brillar hoy anticipando la gloria que le aguarda el día de la resurrección y que esta por encima de la salud y la fuerza, del éxito y del reconocimiento, de la riqueza o la pobreza.
Si alguien quiere seguir profundizando en este tema le recomiendo consultar el libro: ¿Por qué a mí?, El misterio del dolor y la justicia de Dios, de Anselm Grün.
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