sábado, 6 de octubre de 2007

Homilia del domingo 7 de Octubre

Domingo 27 Ordinario (Ciclo C – 2007)

Lc 17, 5-10

Después de haber escuchado las exigencias que Jesús propone a quienes quieren seguirlo y colaborar con él en la misión que el Padre le ha encomendado, que tomando las palabras del Papa Benedicto XVI podemos decir que consiste en Vivir en el amor de Dios que en Cristo crucificado hemos conocido y desde el llevar la vida a este mundo que se debate entre la violencia y la muerte, los apóstoles exclaman: ¡Señor, auméntanos la fe! Esta súplica responde muy bien al estado psicológico del ánimo de los discípulos. Ellos están dispuestos a seguirlo, pero de frente se presenta un panorama nada alentador, y que puede muy bien describir la primera lectura del profeta Habacuc, en el mundo reina la violencia, la injusticia, la opresión, el sufrimiento y la muerte. ¿Cómo ser discípulos de Jesús y anunciar la buena noticia del evangelio en este contexto de violencia y muerte?

Quienes estamos en esta celebración desde luego que queremos seguir al Señor y colaborar con él en la misión que el Padre le ha encomendado pero ¿cómo no sentirnos impotentes y hasta cierto punto frustrados ante la empresa que se nos presenta? Y tratando de dar una respuesta a esta pregunta recurro a tres criterios que nos ofrece el Papa Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es Amor”:

1) Todos aquellos que “han creído en el amor de Dios” y quieren trabajar con la Iglesia a fin de que éste amor se difunda en el mundo (no. 33), deben estar convencidos del proyecto de Dios que se ha realizado en Cristo de darse así mismo, porque el amor es ante todo el don de sí mismos y no sólo la entrega de nuestros bienes o lo que sabemos hacer profesionalmente, y donarnos sin ánimos de estar evaluando todo lo que hacemos para saber si en ello hubo éxito, sino más bien “cuando hayamos cumplido todo lo que se nos mandó digamos: No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

2) A veces –dice el Papa Benedicto XVI (no. 35)- el exceso de necesidades y lo limitado de los propios recursos pueden llevarnos a sentir la tentación del desaliento. Pero es entonces cuando debemos reconocer que somos simplemente instrumentos en manos del Señor; tratando de hacer lo que está a nuestro alcance y confiando el resto al Señor. Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas. Sin embargo, hacer todo lo que está en nuestras manos es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno y fiel.

3) Este es el momento oportuno para reafirmar la importancia de la oración ante el activismo o las ideologías que pretenden construir un mundo mejor al margen de Dios (no. 37). Sólo el contacto vivo con Cristo nos puede ayudar a comprender el plan de Dios sobre el mundo. Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar sólo a la acción. La piedad no desatiende la lucha contra la pobreza o la miseria del prójimo. La beata Teresa de Calcuta es un ejemplo evidente de que el tiempo dedicado a la oración no es un obstáculo para la eficacia y la dedicación al amor al prójimo, sino que es en realidad una fuente inagotable para ello (no. 36).

Los cristianos seguimos suplicando “¡Señor, auméntanos la fe!”, a pesar de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que nos rodea, seguimos creyendo en la bondad de Dios y su amor al ser humano (Tt 3, 4). Aunque estemos inmersos como los demás hombres en las dramáticas y complejas vicisitudes de la historia, permanecemos firmes en la certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros (no. 38).

Como bien nos dice el Papa Benedicto XVI: La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en sus manos y que, no obstante las oscuridades, al final Él vencerá.

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