domingo, 28 de octubre de 2007

Homilía del Domingo 28 de oct 07


Domingo 30 Ordinario (Ciclo C – 2007)

Lc 18, 9-14

La parábola que acabamos de escuchar tiene una finalidad muy precisa, fue contada para aquellos que se tenían por justos delante de Dios y por eso despreciaban a los demás, o tal vez dicho de otra manera, fue contada para aquellos que necesitan el fondo oscuro de las maldades ajenas para hacer resaltar sus propios méritos o justificarse de sus propias acciones, en este caso se trata de los fariseos hombres piadosos y observantes de la ley que ponían su confianza en las obras realizadas por ellos: ayunan dos veces por semana y pagan el diezmo de todas sus ganancias, es curioso que no se mencione alguna obra de caridad para con el prójimo; por eso mismo el libro del Eclesiástico afirma: El Señor es un juez que no se deja impresionar por apariencias. Y quisiera hoy detenerme específicamente en el contexto de la oración porque así lo presenta la parábola que escuchamos dos hombres subieron al templo para orar. Y para lo cual me ayudare del libro de Anselm Grün titulado “Oración y autoconocimiento”.

En la oración, desde luego, lo que buscamos es hablar con Dios, sin embargo, una buena oración tiende a llevarnos a reflexionar sobre nosotros mismos, porque Dios no se “deja usar” como camino de huida, Él permite que en la oración surjan sentimientos y pensamientos que de alguna manera revelan lo que en nuestro interior se encuentra. Esos sentimientos y pensamientos no deben de ser reprimidos ni apartados con el fin de orar con recogimiento, por el contrario requieren una consideración atenta para llegar a la raíz que los provoca.

El contexto de este autoconocimiento es la oración porque a través de ella nos colocamos en una relación muy particular con Dios como fundamento de nuestra existencia y descubrimos el sentido último de nuestra vida que es la comunión eterna con él. Así que equivocadamente el fariseo de esta parábola utiliza como término de comparación la vida de las demás personas: no soy como los demás hombres –dice el fariseo- ladrones, injustos y adúlteros, tampoco soy como ese publicano.

Gracias al trabajo interior de la oración se agudizará la mirada hacia la propia realidad, por eso el siguiente paso es descender del entendimiento al corazón y experimentar lo que se llama compunción del corazón, porque mis faltas afloran dolorosamente en mi conciencia delante de Dios, es decir ante una persona que me ama y me mira benévolamente. Es la actitud del publicano que no se atrevía a levantar los ojos al cielo y lo único que hacía era golpearse el pecho diciendo “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador”. El pesar nada tiene que ver con la tristeza o la depresión porque no se trata de ver los pecados o faltas concretas, si no que se trata de mí persona como pecador, del hecho de que habiendo sido creado por Dios para algo grandioso como ser su hijo, vivo contrariamente a ello. El Evangelio afirma que el publicano bajo justificado a su casa, porque reconoce su verdad que no oculta en sus palabras y actitudes, no se excusa, no necesita agredir a otros, no necesita justificarse a sí mismo como cuando escuchamos que una persona dice –para que voy a la Iglesia si los que van viven peor que yo, sino que espera la misericordia de Dios.

El autoconocimiento espiritual que surge ante la presencia de Dios en la oración nos permite ver nuestro interior para sanarlo, para ser humildes al reconocer lo que en nosotros se oculta y poner nuestra confianza en el Padre misericordioso y no en nosotros mismos y nuestras obras pues El Señor es un juez que no se deja impresionar por apariencias.

Ojala que pudieran tener la oportunidad de leer este libro de Anselm Grün y profundizar cuanto acabo de reflexionar brevemente.

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