martes, 2 de octubre de 2007

Domingo 26 Ordinario (Ciclo C – 2007)

Lc 16, 19-31.

El evangelio no sólo anuncia la salvación que Jesús nos trae, sino que en continuidad con lo que hace ocho días reflexionaba, también advierte de la desgracia que se acerca sobre el hombre que vive de forma insensata y que pudiendo prever su destino trágico se resiste a reconocerlo.

Muy tarde ha comprendido este hombre el destino al cual le ha llevado su actitud: banqueteando espléndidamente, preocupado sólo de sí mismo, ha creído que no necesita de los demás, y se atreve a ignorarlos, y por eso ni siquiera se ha preocupado de dar a Lázaro las sobras de su mesa no obstante estaba a la entrada de su casa. Pero ahora que ésta en el lugar de castigo, en medio de tormentos, es entonces cuando levantó los ojos y vio a Abraham y a Lázaro, y entonces cuando se da cuenta de la necesidad que tiene de Lázaro: Padre Abraham –suplica- manda a Lázaro para que me refresque la lengua con un poco de agua; pero es demasiado tarde. Como respuesta escuchará que entre ellos se abre un abismo que nadie puede cruzar ni hacia allá ni hacia acá. Una vez que Dios ha dado su sentencia sobre el destino eterno de alguien es irrevocable.

Es ahora también cuando se da cuenta de que sus cinco hermanos van por el mismo camino que él, y por eso suplica por segunda vez, manda a Lázaro para que les advierta y no acaben en este mismo lugar de tormentos. La petición es rechazada nuevamente: para provocar en ellos la conversión tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.

Seguramente en el trasfondo del evangelio podemos encontrar que Jesús ha sido seriamente cuestionado sobre la verdad de su advertencia, entre sus oyentes habría seguramente muchos escépticos y por eso le habrán puesta esta condición: si han de creer y tomar en serio su advertencia les tiene que presentar prueban irrefutables, de ahí la petición “si un muerto va a decírselo, entonces si se arrepentirán”. Sin embrago se nos dice que la dureza de corazón de alguien que se obstina en no creer no se rompe con un milagro, aunque fuera el más portentoso como ver a un muerto que resucita, sino a través de la escucha atenta de la Palabra de Dios y de la acogida que a ella demos en nuestro corazón. Semejante a lo que sucede en aquella otra parábola de la semilla que cae en diversos terrenos.

La enseñanza de este domingo es muy precisa:

A través de la Palabra que se nos proclama continuamente Dios nos advierte del peligro que podemos correr al obstinarnos en el mal camino.

Una vez que Dios de su sentencia sobre cada uno será irrevocable, será demasiado tarde para querer rectificar.

Por eso mientras aún hay oportunidad Dios nos ofrece su Palabra escrita y proclamada que cada ocho días reflexionamos en la celebración de la eucaristía.

Por eso como hace ocho días decía: No dejes que las cosas lleguen a tal punto que ya no tengan remedio se sensato y ahora que aun es posible haz algo a tu favor, no sea que cuando lo quieras hacer sea ya demasiado tarde.

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